¿Recordar o conmemorar la Navidad?

Pastor Carlos Goya | 25 Dic 2025

Uno de los principios más importantes en la adoración cristiana es el principio regulador de la adoración, el cual afirma que solo aquello que Dios ha instituido en Su Palabra, ya sea por mandato explícito o por enseñanza implícita legítima, formar parte del culto que la iglesia le rinde en la adoración corporativa.

Desde esta perspectiva bíblica, surge una pregunta legítima: si Cristo nos mandó recordar su muerte y proclamamos su resurrección, ¿dice la Escritura algo respecto a conmemorar su nacimiento como un acto de adoración?

Recordar no es lo mismo que conmemorar

La Escritura sí enseña y afirma con claridad el nacimiento de Jesucristo. Su encarnación es una verdad fundamental del evangelio: el Hijo eterno de Dios vino al mundo en la plenitud del tiempo, nacido de mujer, para redimir a los que estaban bajo la ley. Esta verdad debe ser predicada, enseñada y creída con gozo reverente.

Sin embargo, la Biblia nunca ordena a la iglesia conmemorar litúrgicamente el nacimiento de Cristo, ni establece un día, una práctica o una ordenanza para hacerlo. El relato bíblico presenta el nacimiento como un evento histórico único, acompañado de alabanza espontánea y reverente por parte de ángeles y testigos inmediatos, pero no como un patrón de adoración recurrente para la iglesia.

Aquí es donde la distinción es crucial: recordar una verdad doctrinal es bíblico; establecer una conmemoración religiosa es otra cosa. La primera pertenece al ámbito de la enseñanza cristiana; la segunda introduce un elemento formal de adoración que requiere mandato divino.

La clara diferencia con la muerte y la resurrección de Cristo

Esta ausencia de mandato contrasta notablemente con lo que ocurre respecto a la muerte y la resurrección del Señor. En el caso de su muerte, Cristo mismo instituyó una ordenanza y habló con autoridad: “Haced esto en memoria de mí”. La Cena del Señor no es una tradición de la iglesia, sino un acto de adoración ordenado por Cristo, con un propósito definido: anunciar su muerte hasta que Él venga.

La resurrección, por su parte, no fue establecida mediante una fiesta anual, sino que quedó marcada de manera permanente en el Día del Señor, el primer día de la semana, día en que la iglesia apostólica se reunía para partir el pan y oír la Palabra. Así, la vida de la iglesia gira semanalmente en torno al Cristo resucitado.

Este punto es fundamental: cuando Dios quiere que algo sea conmemorado en la adoración, Él lo ordena con claridad. No deja ese aspecto al criterio humano ni a la creatividad religiosa.

Libertad cristiana fuera del culto, reverencia dentro de él

Reconocer que no existe un mandato bíblico para conmemorar el nacimiento de Cristo no implica negar su importancia, ni prohibir su enseñanza, ni censurar toda referencia a la encarnación. La iglesia es libre de enseñar toda la Escritura y de proclamar a Cristo en la totalidad de su obra redentora.

No obstante, esa libertad no debe confundirse con autorización para introducir prácticas en la adoración pública. La adoración no se regula por lo que parece edificante, emotivo o tradicional, sino por lo que Dios ha revelado y ordenado.

El principio regulador no empobrece la adoración; la protege. Guarda a la iglesia de sustituir la voluntad de Dios por la del hombre, y mantiene el centro del culto donde Dios lo ha puesto: Cristo crucificado, resucitado y exaltado.

Conclusión

La Escritura nos llama a creer, proclamar y enseñar el nacimiento de Cristo, pero solo nos manda conmemorar su muerte y vivir a la luz de su resurrección. Confundir estas categorías puede parecer un detalle menor, pero en realidad toca el corazón mismo de la adoración bíblica.

La iglesia no tiene autoridad para instituir lo que Dios no ha mandado. Nuestra fidelidad no se mide por cuántas tradiciones sostenemos, sino por cuán cuidadosamente obedecemos la voz del Señor.

“Mas en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.” (Marcos 7:7)