¿Tu fe busca a Dios o usa a Dios?
Vivimos en tiempos donde hablar de Dios se ha vuelto común. La religiosidad, la espiritualidad y cierta forma de moralidad cristiana abundan en muchos lugares. Sin embargo, una pregunta necesaria debe ser planteada: ¿estamos realmente buscando a Dios o simplemente estamos usando a Dios?
Esta es una de las grandes luchas de nuestro tiempo: separar el verdadero cristianismo bíblico de una simple expresión religiosa que utiliza el nombre de Dios, pero que en realidad tiene al hombre como centro.
Cuando Dios deja de ser el centro
Una de las corrientes que más ha influenciado el cristianismo contemporáneo es el llamado Nuevo Pensamiento, una visión que ha mezclado conceptos espirituales con una perspectiva pragmática de la fe.
El pragmatismo evalúa la verdad principalmente por sus resultados prácticos. Aplicado a la religión, termina produciendo una idea peligrosa: si me va bien, significa que Dios está conmigo; si me va mal, significa que Dios me está castigando o que algo hice mal.
De esta manera, la relación con Dios deja de estar basada en quién es Él y comienza a depender de lo que Él puede darme. La fe se convierte en un instrumento para alcanzar sueños personales, éxito, prosperidad, reconocimiento o bienestar.
La Biblia deja de ser vista como la revelación de Dios para conocerle y obedecerle, y pasa a ser utilizada como una herramienta de motivación personal, una fuente de frases positivas o una manera de «activar la fe» para alcanzar objetivos humanos.
El peligro de una fe que usa a Dios
La mayor dificultad de nuestros días no es identificar la incredulidad, sino reconocer una falsa espiritualidad que utiliza palabras cristianas, pero que ha desplazado a Cristo del centro.
Jesús mismo advirtió que no toda profesión religiosa significa verdadera salvación:
No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? (Mateo 7:21-22)
Es posible tener actividades religiosas, experiencias emocionales, incluso reconocimiento espiritual, y aun así no tener una relación verdadera con Cristo.
La pregunta fundamental no es solamente: ¿hablas de Dios? sino: ¿amas a Dios por quien Él es?
Una iglesia centrada en Cristo, no en el consumidor
Hoy existe una gran tentación de convertir la iglesia en un lugar diseñado para satisfacer las preferencias del hombre. Si las personas quieren eventos, se organizan eventos. Si quieren entretenimiento, se ofrece entretenimiento. Si no quieren escuchar acerca del pecado, del arrepentimiento y de la santificación, entonces estos temas son evitados.
Pero la iglesia de Cristo no fue llamada a entretener al mundo, sino a proclamar la verdad de Dios.
El pastor no fue llamado a ser un motivador personal o un entrenador de éxito, sino un siervo que vela por las almas de aquellos que Dios le ha confiado.
Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. (Hebreos 13:17)
La iglesia debe anunciar todo el consejo de Dios: la santidad, el arrepentimiento, la gracia, la cruz, la transformación del corazón y la esperanza eterna en Cristo.
Cristo no vino para darnos cosas, vino para darse a nosotros
El problema de una fe centrada en el hombre es que busca los regalos de Dios más que al Dios que da los regalos.
Pero Cristo no vino solamente para darnos salvación, paz, amor o alegría como cosas separadas de Él. Él mismo es nuestra salvación, nuestra paz, nuestro gozo y nuestro verdadero tesoro.
Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén. (Romanos 11:36)
Cuando Cristo es nuestro mayor tesoro, las circunstancias dejan de gobernar nuestra fe. Podemos tener abundancia o escasez, salud o enfermedad, tiempos de alegría o de dolor, porque nuestra esperanza no está puesta en lo que recibimos, sino en Aquel que hemos recibido.
El mensaje de Eclesiastés: el hombre no encuentra satisfacción lejos de Dios
El libro de Eclesiastés confronta profundamente la búsqueda humana de significado mediante logros, placeres, riquezas y experiencias. Después de examinar todo lo que el mundo ofrece, Salomón concluye:
Todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol. (Eclesiastés 2:11)
La vida bajo el sol, separada de Dios, no puede llenar el vacío del corazón humano. Por eso Eclesiastés nos recuerda que existen diferentes tiempos en la vida:
Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de perder, y tiempo de ganar. (Eclesiastés 3:1-8)
La fe verdadera no depende de que todas las circunstancias sean favorables. El creyente puede confiar en Dios aun en medio de la prueba porque Dios mismo es suficiente.
Por eso el final de Eclesiastés nos muestra cuál es el verdadero propósito del hombre:
El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. (Eclesiastés 12:13)
Una iglesia fiel debe volver al evangelio bíblico
Una iglesia saludable debe:
- Enseñar la Palabra de Dios, no simplemente organizar actividades o experiencias religiosas.
- Vivir lo que enseña, buscando la santidad y el crecimiento espiritual.
- Proclamar el verdadero evangelio, donde el hombre es confrontado con su pecado y llamado al arrepentimiento y a la fe en Cristo.
- Exaltar a Cristo como el centro, no los sueños, deseos o metas personales del ser humano.
El verdadero evangelio no solamente ofrece perdón; también transforma. Nos lleva de muerte a vida, de tinieblas a luz. Nos regenera, nos hace nacer de nuevo y produce una vida de obediencia a Cristo.
Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo. (Mateo 24:13)
La pregunta final
La pregunta que debemos hacernos no es simplemente si tenemos fe, sino qué clase de fe tenemos.
¿Tu fe busca a Dios o usa a Dios?
Dios no es un medio para alcanzar nuestros sueños. Él es el fin, el propósito y el mayor tesoro de nuestra vida.
Cuando Cristo es suficiente, ya no buscamos a Dios solamente por sus bendiciones, sino porque Él mismo es la bendición más grande que podemos recibir.
Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. (Romanos 10:10)











