LA SUFICIENCIA DEL DIOS SANTO (Éxodo 20:17) | Pastor Carlos Goya
El décimo mandamiento cierra el Decálogo con una particularidad que lo distingue de los nueve anteriores: no legisla sobre un acto externo verificable, sino sobre el movimiento interior del deseo. Mientras los mandamientos sexto al noveno regulan la conducta del hombre hacia su prójimo en cuanto a la vida, el matrimonio, la propiedad y la verdad, el décimo mandamiento penetra hasta la raíz de donde procede toda transgresión de esos mandamientos: el corazón que codicia.
Esta estructura no es casual. El Decálogo, al terminar con la prohibición de la codicia, revela que la ley de Dios no se conforma con la mera abstención de la mano; exige la pureza del deseo. De este modo, el décimo mandamiento funciona como una llave interpretativa para todo el segundo tablero de la ley: expone que detrás de cada homicidio hay una codicia contra la vida ajena, detrás de cada adulterio una codicia contra el matrimonio ajeno, detrás de cada hurto una codicia contra la propiedad ajena, y detrás de cada falso testimonio una codicia contra la honra o el interés ajeno.











